Paisaje acústico de un barrio

Parece un mundo de sosiego, como aquel donde se escucha el canto de una joven de risueña voz cantando algunas canciones autóctonas, acompañada tan sólo con guitarra y flauta. Por otro lado y a la vez es el acábose. Daré dos ejemplos que coexisten y en el que estoy inmerso.

Despierto a veces al escuchar el canto de un chopochoro al despuntar el alba o un tiluchi que gorjea a las 4:30, para con el amanecer cantar como siempre lo escuchamos tras un aguacero o espantaflojos. El mundo parece estar en orden.

En la madrugada y cuando es época de apareamiento o en las tardes lluviosas en algún mango viejo no faltan los inigualables requiebros y rimas del jichi tarumá. Temprano en los fines de semana, cuando todo parece apacible, escucho el arrullar de las palomas que empollan bajo el alero del techo del vecino del frente. A mediodía, el trinar agudo de la minúscula chichurira o el trino altisonante de los chopochoros en los totaíses. A fines de junio se oye al cuyabo solitario con su llamada ilocalizable entre la media noche y la alborada. Durante el día a veces escucho una pequeña bandada de tordos pasar con sus agudos requiebros de grupo. Unos tarechis bulliciosos sobrevuelan la zona y se asientan en los altos mangos que usan los pechoblanco entre diciembre y enero, aves numerosas pero silenciosas. Alguna tarde. el chillido de un pechoamarillo.

No lo he precisado, pero cada uno de ellos es característico de una época del año. Con mi vejez daré cuenta exacta.

Como para no quedarse atrás ante tanto sonido agradable de la naturaleza, el hombre civilizado ha desarrollado sus propios sonidos y algarabía típica a cada barrio, llegando hoy al estruendo inaguantable y típico de una ciudad que se precia de ser tolerante…

“DIía…eerr” se escucha temprano y de modo asintótico un vendedor de periódicos El Nuevo Día y El Deber! La simplificación del mensaje del canillita. Y cada uno de ellos, camba o colla, tiene su consigna diferente. Noticias provincianas de periódicos citadinos tan malos como necesarios para quien quiere conocer lo que pasa en este pueblo infernal.

A eso de las 9:00 a. m. el clamor de la vendedora de gelatina y tujuré: “Tujuré con lecheee!”
La vendedora de somó no parece tener ganas de gritar para vender su producto. Sólo se escucha el batir del recipiente con el cucharón antes de venderlo por jarras.

A las 3:00 p. m. pasan los muchachos vendedores de tamales con sus diferentes falsetes, seguidos por el ulular del rosquillero, que está cambiando de voz.

Y por las tardes la voz inconfundible del tablillero: “Tabliiiillas de leeeche y maníiiii!”

A veces pasa una revendedora de horneados finos de Portachuelo saludando y exortándome en voz baja: “Caballeeroo? Cómpreme bizcochuelos, chimas, roscas!”

A horas inciertas suena el rápido do-re-mi de una flauta de pan pequeña y simplificada que sopla el afilador callejero buscando en el barrio clientes con cuchilos y tijeras romas.

Algunos sábados me despierta el mugido electrónico de vacas ante mi ventana, repetido hasta lo desesperante de un vendedor moderno de leche y yogurt.

A toda hora, tarde y mañana se escucha el grito lastimero y a todo volumen amplificado con demasiadas frecuencias altas por megáfonos: “cóoompre manzaaana, naraaanja, sandíaaa” “Manzana, manzana, uvas, duraznos!”
A veces vienen de dos puntos diferentes con sus consignas de venta que cuando parecen estereosónicas amargan la tranquilidad que se les depara a los sensibles de tímpano.

Un par de veces por semana pasa el comprador de baterías en tricicleta buscando plomo para reciclar. Megáfono a todo volumen: “Compro batería vieeejaaaaaaaa!”

El más insistente es el comprador de bicicletas, televisores, cocinas lavarropas y otros enseres usados o en mal estado. Lo escucho gritar al megáfono 4-5 cuadras antes. Y viene a pie gritando en mal español su consigna cada 15 pasos. Yo cierro puertas y ventanas.

Los fines de semana, la bocina de aire del vendedor de helados, que considera que debe sonar lo suficiente para que a todo niño se le haga agua la boca por hielo azucarado con colorante.

Un niño de papá tiene el baúl del coche abierto, lleno de parlantes y difundiendo estridente toda la gama de distorsiones armónicas posibles de algún ritmo dizque de estos tiempos, que taladran los tímpanos de cualquiera que sabe valorar sus oídos . A cuarenta metros de distancia vibran los vidrios de mis ventanas y mi alma.
Al frente de ellos los dueños del barrio duermen aún su borrachera, que esta vez pareció ocurrir sin incidentes. De otro modo hubiera despertado en la madrugada con el griterío de otra pelea entre borrachos amigos. Nada nuevo para ellos, la amistad entre borrachos, tan mentada como efímera.

Constante y por muchos aceptado como normal, si se considera que en este país lo normal debería prohibirse y multarse, es que una tercera parte de los conductores vienen o van de anillo a anillo tocando bocina en cada esquina a cruzar. Todo depende del tipo de bocina (eléctrica, de aire, electrónica), su estilo de tocarla, su melodía, lo repetitivo in crescendo, su estridencia o la velocidad que tenga el vehículo. Ejemplos del efecto Dopler cientos de veces al día. Inclusive por las noches hasta la madrugada. El mundo en cada cruce es un peligro, por eso no bastan las luces de noche. se necesita una potente sirena o la bocina más aguda. Paso al que toca primero la bocina. El derecho del primer bocinazo en cada cruce.

Se activa a las 2:30 a.m. la alarma de mi vecino del frente. Un Domingo anterior, después de activarse como cinco veces, sonó más de 20 minutos, semejando un ultimátum rebelde de la electrónica , hasta que finalmente llegaron a desconectarla. Disculpas? Niente!

Alarmas son el alarido electrónico del bullicio de nuestros tiempos. Nos lo recuerda cada uno de los que temen perder sus vehículos estacionados frente a sus casas y por último en sus garages. Como ocurre con el vehículo de un vecino de gran trayectoria médica. Cuando después de 1 año le espeté que era hora que haga el favor al vecindario de regular su alarma, pues cada vez que estaciona o arranca el auto se activa su maldita alarma, de esas que arremeten contra el oído medio. El responde en su infinita sabiduría andina, que él sabe de regular de alarmas y además no la escucha. Flor de estúpido! Qué más me resta por hacer que alguna vez quejarme a la prefectura?. Y allí me mirarán como a un loco: Tanto lío por una alarma tan bonita!

O la sirena de los trenes a las 1:30 a.m. que quizá quiere evitar atropellar alguna vaca o algún borracho descansando sobre las vías. O simplemente está anunciando reiteradamente su llegada a (o salida de) una ciudad de bárbaros.

A las 3 – 4 a.m. arrecia el repiquetear de algún ritmo electrónico en algún cumpleaños del barrio o el desentono total de borrachos en el karaoke a cuadra y media de distancia. Nada fuera de lo común en esta parte del mundo, dizqué civilizado y hospitalicio.

Quien no despierta sobresaltado al escucharlos es porque ha nacido en ese mundo irrespetuoso por la tranquilidad ajena, está aislado su dormitorio o simplemente tiene una sordera avanzada. Parece que no soy de este mundo (citadino)

En países sub-subdesarrollados no se tiene la mínima cultura del respeto al silencio y la tranquilidad ajena. Cuánto nos falta!

Cómo envidio a veces a los sordos, por lo menos ellos duermen sin sobresaltos acústicos.

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